Quedarnos Quietos en el Liderazgo Adaptativo. Parte I

 

luz roja

Cuando ofrecemos las distinciones relativas al ejercicio de Liderazgo, muy pocas veces nos detenemos en lo que significa Quedarnos Quietos. Lo mencionamos, de vez en cuando lo ejemplificamos y mostramos sus bondades en dos o tres ejemplos con sabor a domingo en la tarde, pero casi nunca exploramos de que se trata y en que nos beneficia Quedarnos Quietos.

El primer obstáculo que se nos aparece es una suerte de rechazo. Descalificamos el Quedarnos Quietos como si fuera el pariente esotérico, algo raro en la familia de los conceptos claves a internalizar, versus distinciones brillantes y estimulantes como movilizar, buscar aliados, intervenir, identificar facciones, reconocer las pérdidas, entre otras que se nos aparecen mucho más seductoras y más urgentes para poder generar aprendizaje y cambios Miramos el no hacer y la quietud casi como la antítesis de lo que nuestro sentido común nos indica que se requiere para ejercer liderazgo.

Es normal que así sea. Quedarnos Quietos en nuestro mundo se asocia fácilmente con la flojera, la negligencia, la falta de aplicación y hasta el descuido. “No hay manera de ser exitosos quedándonos quietos”, nos grita parte de nuestra conciencia, empujándonos a un frenesí de hacer y más hacer.

Y si esto es así, ¿por qué será entonces que el Liderazgo nos hace la invitación -y nos advierte tenazmente- de la importancia de que demos uno o dos pasos hacia atrás y dejemos de hacer?

Para responder la pregunta anterior, quizás lo primero que debemos hacer es desafiar el Quedarnos Quietos como una inactividad sin sentido. Porque aunque a veces Quedarnos Quietos significa quedarse inmóvil y en silencio –sobre todo cuando no somos lo suficientemente conscientes de nuestras acciones y nuestras palabras- más que nada se refiere a buscar la quietud interna que algunos, con mucha práctica, incluso logran sostener sin dejar de hablar o de estar envueltos en algún accionar.

Porque lo crucial de este espacio es estar presentes para lo que va pasando con nuestra mente, estar atentos tanto al entorno, como a los pensamientos que fluyen dentro de nosotros. Se trata de mirar y mirar-nos con la sola intención de reconocer el tinte de nuestra mente. Es observar nuestros sistema operativo y develar cómo está funcionando: con qué supuestos, hábitos y juicios; es identificar qué estados emocionales y anímicos nos atrapan y arrastran, es reunirnos con nuestro cuerpo y detenernos en él, a ver qué nos dice. Es en definitiva, conectarnos con el tan publicitado “aquí y ahora”, con el suave vaivén de nuestro abdomen al respirar y mirar “en que estamos”, para luego soltarlo y permitir que el silencio reemplace nuestra discursividad. Es por esto que no es un inactividad sin sentido, es un dejar de hacer que devela e invita a descubrir y generar nuevos espacio de ser y de percibir.

 

Por: Alexandra Montenegro