UBER VS. LA REFORMA LABORAL Y LA COMODIDAD EMPRESARIAL

UberPor: Juan Carlos Eichholz

San Pablo decía “Hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero.” ¿Cuántas veces caemos nosotros en contradicciones similares, declarando una cosa y haciendo otra? ¿Cuántas veces nos quedamos en las palabras y no las transformamos en hechos?

Eso es lo que está ocurriendo con dos expresiones que hace un buen rato vienen ocupando titulares en los diarios y frases en los discursos de autoridades públicas y dirigentes gremiales: innovación y productividad. ¿Quién no está de acuerdo en que Chile debe poner énfasis en estos dos aspectos? Aquí coinciden moros y cristianos, derecha e izquierda, trabajadores y empresarios, hombres y mujeres… pero poco y nada pasa.

Si el Gobierno realmente creyera en la importancia de la productividad –más allá de titular 2016 con ese nombre–, respaldaría Uber en lugar de atacarlo. Mal que mal, ¿qué puede generar más productividad en el transporte urbano que un sistema como ese? No solo es bueno, bonito y barato, sino que permite un uso mucho más eficiente de la infraestructura pública que lo que hoy tenemos con los taxis y las restricciones. Pero en lugar de jugarse por Uber se juega por una reforma laboral, que va exactamente en el sentido contrario.

Y si los empresarios chilenos realmente creyeran en la importancia de la innovación, habría cientos de historias que contar similares a las de Uber. Pero no las hay. Pese a que las herramientas para innovar están ahí disponibles, algo ocurre que se prefiere el statu quo o, a lo sumo, reducir costos para hacer frente a un escenario adverso, reforma laboral incluida.

Para hacer tortillas…

¿Por qué ocurre esto? La explicación es simple, y la solución requiere valentía. Si para hacer tortillas hay que romper huevos, para optar a los beneficios de la productividad y la innovación hay que asumir ciertos costos previos.

Vuelvo a Uber. Está claro que el ministro de Transportes no es ningún tonto, y que se da cuenta de la mayor productividad que este sistema representa. Hacer que ese tipo de transporte pague impuestos y se ajuste a normas básicas de seguridad no parece ser muy difícil. Lo difícil es enfrentar a los taxistas organizados. Ahí es donde, además de inteligencia y estrategia, se requiere valentía, como Lagos la tuvo cuando enfrentó a los microbuseros amarillos de antaño –desgraciadamente en pos de un Transantiago que se transformó en el símbolo de una política pública mal diseñada–.

Y lo mismo con la reforma laboral, que si hubiese apuntado a favorecer la productividad habría requerido enormes agallas de parte del Gobierno, que tendría que haber enfrentado al PC y a la CUT –mismo discurso; distintos voceros–, entre otros actores.

Es obvio que cualquier cambio con un alcance sistémico como este va a frustrar las expectativas de varios. Imposible ser monedita de oro y dejar a todos contentos. De ahí que se requiera valentía –que nace de la convicción–, e inteligencia –que se traduce en buenas estrategias–. Si no se tiene la una o la otra, es mejor entonces no anunciar nada, porque va a pasar lo mismo que con San Pablo.

Y para las empresas no es tan distinto. A menos que todo vaya mal, innovar requiere valentía, porque supone adentrarse en terreno desconocido, dejando de lado la seguridad que brinda seguir aplicando la receta del éxito pasado. Como reza el dicho, “Si no está roto, para qué arreglarlo.” Pero, entonces, ¿hay que esperar a que se rompa para hacerlo distinto? La experiencia empresarial chilena daría a entender que sí.

 Entre la cordillera y el mar

 La mayor parte de las grandes empresas en nuestro país vive de la extracción de recursos naturales o se halla en sectores regulados. ¿Cuánta competencia existe ahí? ¿Cuánto se requiere innovar? Vivimos bajo el supuesto de que en Chile hay mucha competencia. ¿Será tan cierto? En el retail pareciera que sí, y se nota cómo eso ha impulsado su desarrollo. ¿Pero más allá? Me lo cuestiono.

Al final, la cordillera y el mar nos han dado seguridad, no solo protegiéndonos de invasiones externas, sino proveyéndonos de recursos para vivir. Pero eso, por otro lado, genera comodidad. Y se está notando ahora, cuando la receta del éxito de las décadas pasadas se va agotando, pero se insiste en ella. Pongámoslo así: el orden, la eficiencia de corto plazo, el comando y control, la planificación, la competencia y la tarea fueron valores centrales para crecer y progresar. Hoy lo siguen siendo, pero no son suficientes. Sobre ellos deben agregarse la flexibilidad, la eficacia de mediano plazo, la confianza, la experimentación, la colaboración y el sentido. Sin embargo, moverse en este espacio no es lo mismo que moverse en el anterior; se requieren competencias distintas, si es que no una mentalidad distinta.

Los emprendedores, que son más jóvenes y vienen con esa mentalidad, están mostrando el camino. Pero los empresarios –no todos ellos, para ser justos– prefiere refugiarse en la fortaleza que han construido y ampararse en su forma de entender el mundo y de gestionar sus compañías. Ayudados, además, por esa década de vacas gordas que supuso el boom de los commodities, que hizo las veces de un efectivo somnífero para evadir los desafíos de fondo. Pero ahora que estamos en época de vacas flacas, ¿qué hay además de la queja?

 Más allá de las políticas está nuestra cultura

 Las propuestas del Gobierno, la Comisión Nacional para la Productividad y la CPC suman más de 150 medidas para mejorar la productividad en el país, muchas de ellas conectadas con innovación, por cierto. Nada especialmente nuevo bajo el sol, a decir verdad, por lo que una vez más volvemos a lo mismo: palabras que corren el riesgo de quedarse en eso, solo palabras. Pero hay un riesgo mayor aun.

La mayor parte de estas políticas que se proponen están bien enfocadas, pero se topan con quienes somos los chilenos, y el solo hablar de ellas evita que hablemos de nosotros. Podemos soñar con un Chile más desarrollado, pero eso no se logra si los chilenos –las personas de carne y hueso que habitamos esta tierra– no somos más desarrollados. Lo demás es música… o palabras.

Y si nos miramos, hay ciertos rasgos culturales que no nos ayudan en esto de ser más productivos e innovadores. Necesitamos más colaboración para integrar esfuerzos, pero cómo lograrlo si partimos de la premisa de “pastelero a tus pasteles”, o “tú no te metas en lo mío y yo no me meto en lo tuyo”. Necesitamos mayor diversidad para discurrir mejores ideas, pero nos aferramos a los que son como nosotros, a los nuestros, y frente a lo distinto saltan todos los “ismos” que traemos en la mochila: clasismo, machismo y, ahora último, racismo. Necesitamos más personas empoderadas y que se sientan responsables para que la iniciativa no quede solo entregada al dueño o al jefe, pero tenemos muy metido adentro eso de que “el ganado engorda al ojo del amo”. Necesitamos más flexibilidad y soltura para experimentar con soluciones alternativas, pero el excesivo apego al orden y la planificación nos limita, porque si los alemanes son amantes del orden, los chilenos somos temerosos del desorden. En fin, necesitamos más confianza para construir con otros, pudiendo asumir que cada uno hará su parte, pero ese impulso irresistible que los chilenos tenemos a sacar ventaja del otro es un freno para el desarrollo.

Estamos en una encrucijada de nuestro de desarrollo como país. Es cada vez más evidente que la receta del éxito pasado no es suficiente para garantizar el desarrollo futuro. Si Uber se va y la reforma laboral queda, sabremos que nos fuimos por el camino equivocado. ¿Qué hacer entonces? Primero: tomar conciencia de la encrucijada. Segundo: ser valientes e inteligentes, Gobierno y empresarios, para no aferrarse a una falsa seguridad y para actuar estratégicamente al impulsar medidas y cambios. Y tercero: no quedarse solo en los cambios estructurales, porque, al final del día, nada será muy distinto si nuestra mentalidad y comportamientos siguen siendo los mismos.